viernes, 18 de enero de 2008

ESTA ESCRITO (41º ALBANTA)


Mi destino fue sellado el día mismo en que nací. No estaba escrito en las estrellas, ni en el viento, ni en las nubes pasajeras que cubrían el cielo de mi niñez. No creía en el destino, aquel caprichoso compañero de viaje que me seguía incansable, acosador invisible hasta el día de mi muerte.

Como cada mañana he cruzado el punte sobre el Shannon bajo la lluvia incesante de un enero frío y húmedo, tan húmedo como de costumbre. El agua está gris y turbia y los cisnes se mecen tranquilamente sobre la superficie, lejos de su lugar de enclave en la parte menos profunda junto al castillo de muros de piedra. Habrá tormenta. Está escrito en cada uno de estos pequeños detalles. El tráfico es pesado, los rostros que me cruzo en el camino son tan melancólicos como el tiempo. Joan Manuel Serrat entona La Saeta en mis oidos a través del hilo de mi Mp3 y ya no sé si son lágrimas o gotas de lluvia lo que cubren mis mejillas.

En otra parte de la ciudad, a esa misma hora, otra casa es quemada en Southill, otro junkie se mete su chute ordinario y un joven padre de 19 años es hallado muerto en la explanada con el cuello cortado de oreja a oreja. Son la gente para los que su vida ya estaba escrita. Nacieron con una etiqueta colgando del dedo gordo del pie, esperando la marcha final que les saque del guetto definitivamente.

Horas más tarde me cruzo con un coche fúnebre camino del bello cementerio de la Catedral de Santa María, cuajada de viejas tumbas de pesadas cruces celtas. Sigue lloviendo, pero el cortejo no parece inmutarse. Tampoco llora. Todo transcurre a cámara lenta. El triste gaitero de falda escocesa precede el mercedes con el triste tañir de su bolsa de cuero, mientras el aire invernal le alza las faldas como a una Marilyn con atributos. No mucho después celebrarán la vida del finiquitado en algún bar, riendo y bebiendo a su salud, y mañana será otro día.

Está escrito en el día a día de esta ciudad que cambia cada mañana pero sigue siendo la misma. La violencia estalla a nuestro alrededor, otro polaco es asaltado sin motivo aparente y alimenta las lenguas ávidas de historias voraces con las que maltratar cada calle de la pequeña urbe.

Un bebé acaba de nacer en el Hospital Regional. Pesa dos kilos y medio y es blanco como la leche. Su madre, Michelle, sólo tiene 16 años y no sabe quién es el padre. O no lo quiere decir. Le llamará Satanta. No como el guerrero de leyenda, si no como el jugador de hurling. Malvive con su madre en Moyross, en una casa de protección oficial sucia y vieja. Su madre tiene 32 años y cobra el paro desde que tiene edad de trabajar. Se saca un sobresueldo vendiendo droga. De aquí a dos años, Michelle morirá de sobredosis. Satanta será cosido a balazos antes de cumplir los dieciocho, en un callejón oscuro de regreso a casa en su barrio bajo, porque ayer le faltó el respeto a la prima de Angus, el hijo de una de las bandas feudales.

Y a mí, como a tantos otros, su muerte me pasará desapercibida, una historia más en las págnas del periódico local, una basura menos en las calles. Su destino, como el mío, como el de todos, estaba escrito. Y nadie lo quiso leer.

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